así seguimos

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Siempre al lado de "los lobitos buenos"

lunes, 24 de febrero de 2020

"DEL DESGARRAMIENTO HEGELIANO AL COMPROMISO MORAL CON EL OFICIO POÉTICO" (LA VOZ ESTREMECIDA de PABLO MALMIERCA)








El pasado 22 de febrero presentamos en LIBRERÍA OCTUBRE de MORIBUNDIA
el libro de poemas La voz estremecida de Pablo Malmierca, esto fue lo que dijimos:


“Del desgarramiento hegeliano al compromiso moral con el oficio poético”
                       
                         Sobre LA VOZ ESTREMECIDA de PABLO MALMIERCA


Una de las claves y estrategias necesarias a la hora de merodear, indagar o reflexionar sobre el pensamiento poético de un autor, es poner sus versos frente al espejo que le ofrece su obra anterior, a fin de poder entender el caminar de sus versos y los conceptos que configuran el hecho poético que pretende, si éste no es solamente una mera colección de poemas.
Por amistad, por cercanía y por respeto a su trabajo, he tenido la suerte de conocer todos los libros de poesía de Pablo Malmierca, libros con la tipología y la entidad respectiva y peculiar de cada uno, pero a la vez, lugares, y subrayo esto de los lugares, donde la hechura de los versos han ido cobrando mayor relevancia y mayor altura con el paso del tiempo. Estamos, pues, delante de una obra en proceso.
Así, aquello que en su primer libro dD estaba al lado del “desgarramiento hegeliano”, es decir, “del encuentro de sí mismo con la verdad que pretende buscar” y que le llegaba  desde  las múltiples presencias de lo psicológico, o aún más, de todo aquello que rondaba los mundos de la psiquiatría; y que a la postre y afortunadamente se iría decantando hacia el lado de lo moral. Modo de acción poética desgranado con atención y mesura en sus versos de forma cada vez más abierta e intencionada en su segundo libro No comas mi corazón; de modo que aquello que denominamos en dD y gracias a la gradación de las imágenes poéticas, como POEPICOMIC, tan cercano a mi juicio a la épica de las imágenes del gran dibujante francés Moebius, se iría abriendo poco a poco y de manera ponderada, pero con los ajustes necesarios, a una definición de lo poético que ya en No comas mi corazón me atreví a calificar de POETICOMIC, dado el alto grado de compromiso moral que desde la poesía y la limpieza de sus versos planteaba el poeta. Puedo decir también, que se podría considerar esos dos primeros libros como “libros frontera”, como lugares de paso abierto, que se ofrecían al descubrimiento de un lenguaje cada vez más peculiar y determinante para el estilo de nuestro poeta.
La voz estremecida, siendo también un libro de amor y búsqueda, recoge el guante que le lanzara todo lo anterior y se abre en forma de Libro de entrega y ofrecimiento, rítmicamente ajustado hacia una Neopoética centrada, ahora sí, en la Metapoesía y en el deseo de desenmascarar, desde el desgarro o la serenidad de los versos, el batiburrillo de afluentes poéticos que aparecen desde sus gaseosos “no lugares” enturbiando el río incesable de aquella poesía que está y pretende la búsqueda de la limpieza y la claridad.
Estremece esta voz que se busca en la necesidad de orearse en el compromiso moral con el propio lenguaje, con sus usuarios y con aquellos que vistiéndose de poetas con mando, inclusive a distancia, reparten el bullicio y las prebendas literarias como si fuesen los poseedores del sonido, del silencio e inclusive de los ruidos.
En los versos de Pablo Malmierca vemos a la poesía serena pero contundente apareciendo como mediadora, como intermedio o metaxú platónico, entre el lenguaje y las cosas que nos rodean; o lo que viene a ser similar, la poesía surgirá como intermedio entre la voz del yo poético y lo otro poetizado y estremecedor que nos circunda buscando y pidiendo su lugar. Pero esta mediación, este acercamiento, lo va a presentar Pablo Malmierca desde la ruptura, desde la génesis de un vacío estremecido pero sin embargo renovador y generador de lugares y “encuentros” necesarios.
Este lugar nuevo, este espejo que devuelve constantemente al poeta las imágenes necesarias, y que aparece desde el vacío, es estremecedor a la vez que clarificador, porque genera y busca acciones, -benditos sean por siempre los verbos-, y nombra lo que necesita, -benditos también los sustantivos-, sin acudir a lo hueco y sin la contundencia que se deriva de los adjetivos gaseosos y gasificados tan mal usados y abusados en las poéticas del barullo y el  batiburrillo especular de las pantallas.
La voz estremecida, es un libro de poemas, acertado, certero, organizado y bien construido, que ha salido del armario de lo simplista hueco y ha huido del atufado poemario modernil para fluir limpio y construir una propuesta que se acrecentará con los dos próximos libros de esta Trilogía implicada en la lucidez que se deriva de una mezcla cuidada de ritmos diversos y tipologías poéticas diferentes, donde cobra fuerza eso neutro que es vivificante y tanto nos gusta: lo oscuro, lo seco, lo vacío, lo grave, lo gore, lo abstruso…, en definitiva, lo poético.
Termina La voz estremecida con una contundencia definitoria y abierta a partir de los Números y las Cenizas en busca de nuevos Estremecimientos, o lo que es lo mismo si jugamos con el lenguaje, “Extremecimientos” o mecimientos extremos desde la palabra poética necesaria.
De “la voz estremecida” iremos caminando hacia El tacto estremecido, su próximo libro. Dejémonos acariciar, mecer y abrazar por esta propuesta poética seguramente configuradora de un nuevo gran libro.
Enhorabuena poeta!
                                                                                  Luis Ramos de la Torre

                                                                                     Zamora 20-02-2020

sábado, 28 de septiembre de 2019

EL POETA ES UN PENSADOR (Sobre el pensamiento de ANTONIO MACHADO)



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Amigos, aquí os dejo mi artículo sobre el Pensamiento de Antonio Machado aparecido en el n´º6 de la estupenda REVISTA CRÁTERA

EL POETA ES UN PENSADOR (Sobre el pensamiento de Antonio Machado)

1.      Al andar se hace camino. A modo de Introducción.
Las razones de comenzar este artículo con un título como El poeta es un pensador,[1] paralelo, como puede verse, a aquel El poeta es un fingidor, título de la Antología sobre Fernando Pessoa que realizase el ensayista y también poeta español Ángel Crespo, donde se recoge, además de uno de los versos clave de su autor, la idea y la visión pessoiana del poeta como aquel que simula, finge o supone ser otro en contextos y cosmovisiones diferentes; no solo tienen que ver con el debate de si Antonio Machado debe ser considerado más poeta o más filósofo, o como más adelante se defenderá, un Pensador que basa toda su obra en la importancia de la heterogeneidad del ser, sino que con ello, se quiere citar y recordar también a otros poetas y/o pensadores como José Ortega y Gasset o Soren Kierkegaard, quienes también han utilizado la idea de lo apócrifo y los pseudónimos. Por ello, y al paso de sus propias palabras, voy a considerar aquí, todo lo que tiene que ver con Machado y su búsqueda de personajes apócrifos para expresar mejor lo que piensa: Abel Martín, Juan de Mairena, Jorge Meneses, Joaquín García…, del mismo modo a como viene haciéndose por la crítica en el caso del poeta portugués, en el que esta diversidad aparece centrada en el mundo de los heterónimos: Alberto Caeiro, Álvaro Campos, Ricardo Reis…  
No debemos olvidar que la palabra apócrifo es de origen griego y significa lo mismo que “absconditus” en latín; de ahí que en el lenguaje común, apócrifo se refiere a lo supuesto o lo fingido, por lo que una filosofía de lo apócrifo será la que desvela por medio de la imaginación eso que está oculto, por ello para Machado el mundo en que se vive es apócrifo, dado que la razón y la lógica se han impuesto a la realidad construyendo su propia verdad, esto es, inventándola.
Así, tanto un poeta como el otro, y en lugares distintos, deslizan su pensamiento de forma diferente desde los diversos personajes y lugares literarios que utilizan, pues en ambos “multiautores” la relación psicología-pensamiento-discurso-poética se enriquece tanto en la diversidad como en la especificidad y peculiaridad de cada uno de los estilos de lenguaje, - a esto del estilo iremos más adelante- trabando a lo largo de su obra una cosmovisión del mundo que está en función de esa elección y consideración heurística por la diversidad, siempre fundamental como referencia para cualquier enamorado del conocimiento y del aprendizaje.
Desde aquí, es interesante reconocer lo agradable que resulta para alguien que desee conocer la obra de un autor, poder indagar, desde la diversidad que esto supone, en lo otro y lo oculto, lo apócrifo y lo heterónimo: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas / es ojo porque te ve”, escribe el poeta, reconociendo la importancia que para el propio autor tiene esta función heurística y hermenéutica para la comprensión de sí mismo a partir de varios lugares diferentes de referencia; así, dicen los versos de don Antonio:
“Para escuchar tu queja de tus labios / yo te busqué en tu sueño, / y allí te vi vagando en un borroso / laberinto de espejos.”
El propio José Saramago comenta, respecto de su novela El año de la muerte de Ricardo Reis, la necesidad que sentía de escribir esa obra para fundir a Pessoa con Reis, y así hacer que el poeta se pudiera expresar a sí mismo en uno solo, en el poeta unitario que él había conocido en Reis, antes de saberlo y conocerlo como heterónimo de Pessoa.
Con Antonio Machado estamos en el caso contrario, esto es, en la necesidad de fundir lo diverso para conocer la unidad. No olvidemos que la imaginación, y no la fantasía qué es otra cosa, es la facultad fundamental del hombre y por falta de ella se puede llegar a mentir, dado que el hombre es el hacedor de su propia verdad; verdad que se inventa, y por eso, todo el mundo es apócrifo; lo que pasa es que unos lo saben y otros no. Será Machado quien indagando en su realidad personal lo aclare al escribir: “Busca tu complementario / que marcha siempre contigo, / y suele ser tu contrario”, o en aquellos otros versos: “Mas busca en tu espejo al otro / al otro que va contigo”
Vemos, pues, lo necesario que, para avanzar en esta reflexión, resulta mirar en el cuarto de atrás del pensamiento de cualquier autor multiplicado en sus personajes, ya sean apócrifos o heterónimos, pero haciendo y re-haciendo su pensamiento a través de un caleidoscopio controlado, mejor que desde una planificación filosófica ya prevista.
Igualmente será el propio José Ortega y Gasset, filósofo de marcada personalidad unitaria relacionado desde este y otros puntos de vista, con Unamuno y Antonio Machado, -no olvidemos aquí la importancia que tuvo la publicación de Del sentimiento trágico de la vida unamuniano en la génesis de las Meditaciones del Quijote orteguianas de 1914, y la cercanía, por ejemplo, de don Antonio y sus versos al joven meditador  José Ortega y Gasset cuando escribe: “A ti laurel y yedra / corónente, dilecto / de Sofía, arquitecto…”. Será Ortega,  como decíamos sobre esto,  y a pesar de la ceguera de alguno de sus “cazaconceptos”,  otro de los autores que desde el principio de su obra, y ya en 1903, utilice los apócrifos o firmas fingidoras para personalizar sus escritos y reflexiones. Así, el apócrifo o personaje más relevante de Ortega, Rubín de Cendoya, aparecerá por primera vez en un artículo de la Revista Helios en diciembre de 1903, o lo veremos firmando como R. en El Imparcial, en enero de 1906, o en el importante artículo Pedagogía del paisaje firmado por Ortega en El Imparcial el 17 de septiembre de 1906 y en el que se refiere a Rubín de Cendoya como un místico que le sirve de referencia para expresar lo que quiere decir. En otras muchas ocasiones a lo largo de 1905 y 1906 el filósofo madrileño firmará sus artículos de El Imparcial como O., A. (Arquero), o X.Z., de ahí que el profesor Agustín Andreu exponga: “Rubín de Cendoya es a Ortega lo que los apócrifos a Machado. Rubín de Cendoya es Ortega pensando para sí, sintiendo para sí. Se lo está permitiendo a sí mismo el joven Ortega, porque necesita saber quién es. (Por entonces, aclara en nota el crítico, la lógica machadiana se presentaba ya con la metafísica de Ibn Arabí unificando las miradas humanas).”[2]
Para completar las razones del título de esta Introducción y desde el verso de Pessoa, El poeta es un fingidor, quiero recordar el verso machadiano: “Al andar se hace camino” porque entiendo con su autor y desde su diversidad, que el pensamiento poético no está hecho, no consiste en un sistema consolidado, no está pendiente de un futuro programado o de una meta determinada, sino que por el contrario es algo que de forma persistente “se va haciendo” en forma de diálogo[3] continuo consigo mismo: “Converso con el hombre que siempre va conmigo” , pues de ese modo es como “se hace camino al andar”:
“Por estos campos de la tierra mía, / bordados de olivares polvorientos, voy caminando solo, / triste, cansado, pensativo y viejo /”
O como en este sentido recuerda el poeta de la Generación del 50, Claudio Rodríguez: “el hombre está en sazón, esperando a que las cosas se den a la contemplación viva, para trascenderse en poesía, que es un don.”[4]
Quiero aclarar igualmente, que la razón de hacer esta reflexión sobre Antonio Machado, además de por su incuestionable importancia y eterna fuente de aprendizaje para el lector de su obra, se debe al hecho de querer reivindicar la figura de un Pensador y de un estilo de actuar, que alejado de “familias” de pensamiento, aunque seguidor de referentes esenciales como Bergson o Unamuno, ha sido adoptado ciega e interesadamente por algunos falsos herederos que lo han venido politizando y encasillando entre el grupo de los poetas cercados por “bodeguillas” partidistas referidas en algunos momentos a cierta izquierda descafeinada e in-tele-actual sustentada por ciertos medios de comunicación; aunque, afortunadamente y a la vez, ha sido tomado como referencia en revistas de pensamiento nada sospechosas de partidismo como mientras tanto; o como referencia en profesores y pensadores nada cercanos a los poderes líquidos y del Mercado como fuera Agustín García Calvo o Isabel Escudero…Por ello, es bueno recordar, para asentar las cosas, aquellas palabras que don Antonio escribiera en el semanario Ahora del 3 de octubre de 1936: “Yo no soy un verdadero socialista y, además, no soy joven; pero, sin embargo, el socialismo es la gran esperanza humana ineludible en nuestros días, y toda superación del socialismo lleva implícita su propia realización. Soy de los pocos viejos que no creyeron nunca en las falsas juventudes”. Palabras sobre el socialismo real, que nos aclaran por donde caminaban los pensamientos de Antonio Machado, y que escasamente coinciden con ciertos vientos actuales, pero ese, de momento, es otro debate.
Todo esto nos lleva a pensar que Antonio Machado es de los pensadores españoles sobre los que se debería investigar más para poder conocer las claves de su modelo de Pensador, pues la línea de lo poético o lo filosófico son sobre él más conocidas, y además porque la influencia de estas líneas de pensamiento “asistemático” en autores posteriores ha sido muy relevante.
Así, para empezar a andar por “este camino por hacer”, es necesario considerar que para este Pensador y poeta, uno de los pilares básicos de tal forma de hacer está centrada en la necesidad del otro que los humanos tenemos, y el deseo de amor y diálogo nunca satisfecho, esto es, la otredad inmanente que justificará la ya citada heterogeneidad del ser. Así escribe:
“Dijo otra verdad:
busca al tú que nunca es tuyo
ni puede serlo jamás.” 

O aquello otro de:

“Con el tú de mi canción
no te aludo compañero;
ese tú soy yo.”

Desde aquí, desde este sentimiento original y de búsqueda, brotan la necesidad de la poesía y la filosofía, pues como recuerda Antonio Sánchez Barbudo hablando del pensamiento machadiano: “Poesía y Filosofía no son la misma cosa, pero brotan de un mismo sentimiento original. El poeta es más fiel que el filósofo a esta emoción original que él reproduce cada vez que, angustiadamente, canta al mundo que contempla. Y la filosofía debe volver a encontrar sus raíces acercándose a la poesía.”[5]
Conviene recordar que para Machado el concepto de poesía –que se basa en aquello de que el ser poético “se revela o se vela, pero allí donde aparece, es”- surge como un concepto que parte de un planteamiento de poesía emotiva, pero a la vez temporal, en palabras de Sánchez Barbudo: “el ser, en suma revelado a la conciencia por la nada, no es el ser inmutable, sino el ser inmerso en la corriente del Tiempo y, considerado desde nuestro ser, inmerso en el tiempo también.”[6]
Así nos lo recuerdan sus versos: “En estos pueblos, ¿se escucha / el latir del tiempo? No. / en estos pueblos se lucha / sin tregua con el reló, / con esa monotonía, / que mide un tiempo vacío. / Pero ¿tu hora es la mía? / ¿Tu tiempo, reloj, el mío? / (Tic-tic, tic-tic)…Era un día /  (tic-tic, tic-tic) que pasó, / y lo que yo más quería / la muerte se lo llevó.”
Quiero avanzar en esta Introducción aceptando y concluyendo, que el concepto de poesía temporal como medio de conocimiento –desde el planteamiento de la problemática del ser y la nada- y la relación metafísica con esta poética, son para don Antonio dos claves importantes de todo su pensamiento; proceso emergente, alerta y abierto, que surge y se desarrolla desde el asombro ante la conciencia de la nada y la heterogeneidad, o desde la angustia y la trascendencia, y que va hacia un más allá, hacia una mejora, que el hombre no alcanza. Vemos, pues, que sus preocupaciones fundamentales se preguntan por la vida y la conciencia, así como por el individuo y la sociedad, la temporalidad de la existencia personal, la otredad y la nada; sin olvidarse del pensamiento homogeneizador de la lógica y el pensamiento heterogeneizador de la poesía.
Ocurre, pues, en el pensamiento machadiano que, por una parte la razón busca en la realidad confusa, misteriosa, concreta y temporal un principio original y unitario que termina en la nada, y, a su vez, y por otra parte, la intuición poética va a ser la que salve con su metafísica esta nada, desde la experiencia aprendida por el poeta en la riqueza y la variedad del mundo. Así leemos:
“El hombre es por natura la bestia paradójica,
un animal absurdo que necesita lógica.
Creó de la nada un mundo y, su obra terminada,


2. Buscar “la puerta al Campo” (Sobre el pensamiento de Antonio Machado)

En el apartado anterior hemos comentado que el pensamiento de Machado busca un principio original y unitario, pues bien, este tipo de pensamiento a la vez universal, “hace - como diría María Zambrano- del hombre donde habita antes que un filósofo o un sabio, o un poeta explícito, un pensador o meditador”; así, este pensamiento estructura y va haciendo al sujeto y, por ello, hay que “caer en la cuenta de que ese hombre que se presenta ya en plenitud no está estructurado, sino configurado, conformado y que se trata de que el despliegue del pensamiento abra las posibilidades de pensar y de ser activo, mientras el sujeto íntimo se va acercando[…] a la simplicidad primera y última, la de ser criatura viviente, y luego, la de ser sin más en la nada. En una nada que viene a ser la hospitalidad del creador.”[7]
Idea que aparece en los versos del poeta cuando escribe: “El corazón del hombre con red sutil envuelve / el tiempo, como niebla de río una arboleda. / ¡No mires: todo pasa; olvida: nada vuelve! / Y el corazón del hombre se angustia… ¡Nada queda!”
Y así es, pues para Machado es la “pura nada” la causa de su Pensar, la que origina el asombro del poeta, y de ese asombro nace la poesía. Recordamos que para Juan de Mairena se trata de ocuparse de la “metafísica de la pura nada”, de esa nada que plantea el problema del ser y despierta la poesía , así estos versos:
“¿Dices que nada se crea?
No te importe, con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.”
O aquellos otros versos similares:
“¿Dices que nada se crea?
Alfarero, a tus cacharros.
Haz tu copa, y no te importe
si no puedes hacer barro.”

De esa forma, a través de esta peculiar “metafísica del poeta”, queda trazada la línea a seguir, por donde “hacer el camino” que lleva al poeta y al hombre que filosofa sobre su obra anterior y sobre todas las cosas, a ser algo más, a “buscar la puerta al Campo” o como dirá el filósofo J.D. García Bacca, a ser un Pensador.
Por esta razón Mairena piensa cosas como: “Las imágenes de los grandes filósofos, aunque ejercen una función didáctica tienen un valor poético indudable…, existe una paloma lírica que suele eliminar el tiempo para mejor elevarse a lo eterno y que, como la kantiana, ignora la ley de su propio vuelo”; o aquel otro pensamiento fundamental del apócrifo Abel Martín, que centra y aclara aún más la forma de ser Pensador de Antonio Machado: “Decía mi maestro: Pensar es deambular de calle en calleja, de calleja en callejón, hasta dar en un callejón sin salida. Llegados a este callejón pensamos que la gracia estaría en salir de él. Y entonces es cuando se busca la puerta al campo.”
Una vez aquí, conviene citar la fuente de donde ha partido esta aplicación reflexiva  maireniana de “buscar la puerta al campo”, me estoy refiriendo al fundamental artículo del propio García Bacca, “Antonio Machado ¿poeta o filósofo?”. Por ello a continuación consideraré algunas de sus reflexiones que, aunque algo extensas, resumen perfectamente al tipo de Pensador al que respecto de Machado nos estamos refiriendo aquí, y al poeta que lo sustenta, para quien la puerta al campo aparece como la Tierra (de “pan llevar” y de “todo llevar” homérica) donde no hay caminos definidos sino construibles y borrables huellas y estelas.
Así García Bacca, partiendo de Juan de Mairena, viene a decir que los poetas no han de aprender de los filósofos a conocer los callejones sin salida del pensamiento para salir por los tejados de esos mismos callejones, pues de los callejones del pensamiento que los filósofos han construido cual palacios encantados de la lógica […] es mala costumbre salirse por los tejados de esos mismos callejones, esto es, salirse por los tejados de sus sistemas. Se sale, y salen, entonces y así, a una Mar (a una muerte en Machado), no a un Campo. Salen a un desierto de leyes; no a una tierra de leyes. Por el contrario, Machado llegó a semejantes Plazas filosóficas: Heráclito, Parménides, Bergson, Kant, Heidegger, Unamuno. Se sintió encerrado; y de la encerrona salió, no por los tejados […], sino por la puerta que lleva al Campo, y si aquello de los otros era “filosofar”; a esto otro lo llamará “pensar”.
Y las cosas son de esta manera porque, porque para Machado, escribe García Bacca de forma maireniana,  “Filosofar” es “deambular de calle en calleja, de calleja en callejón, hasta llegar a ese callejón sin salida que es Plaza de la Constitución sistemática de Universo”. “Filosofar en grande” (Heráclito, Parménides, Bergson, Unamuno…) es llegar a tal Plaza, saltar por sus tejados y llegar al Mar. “Filosofar en pequeño” es llegar a tal Plaza, quedarse encandilado ante el sistema; dar vueltas y más vueltas de procesión, y terminar en embobados comentadores, glosistas, escolastiqueros y repetidores. Sin embargo, y aquí está Mairena: “Pensar es deambular de calle a callejas, de calleja a callejón, hasta llegar a un callejón sin salida. Llegados aquí pensamos que la gracia estaría en salir de él. Y entonces es cuando se busca la puerta al Campo”.
Antonio Machado, dice García Bacca, no es filósofo. Es “pensador”.
Lo que es ser más, mucho más, muchísimo más que filósofo. Más y mejor.”[8]
A partir de estas referencias podemos comprobar como el pensamiento de Machado es un pensamiento en plena vigencia dotado de vida propia[9], que late con fuerza entre las huellas del hombre, y hace de tal hombre en el que va habitando, antes que un filósofo o un sabio, o un “poeta explícito”, un pensador o un meditador. Un pensador continuo de mirada diversa y despierta que como antes, y a la vez que el poeta, es un ser que “se revela, o se vela; pero allí donde aparece es.” Y aparece–como recuerda de nuevo María Zambrano-  y se asoma: “con una inocencia que no perderá nunca, al universo. Y que sabe con inmediatez de su lugar propio, de su situación en el pensamiento. Está bajo la sombra y al lado del pensamiento vivo: dentro del ser pensante y sin desprenderse de él, configurándolo, sellándolo.”[10], tal y como leemos en alguno de sus versos:
“Amargo caminar, porque el camino / pesa en el corazón. El viento helado, / y la noche que llega, y la amargura / de la distancia… En el camino blanco / […] ¿Qué buscas / poeta, en el ocaso?”
Como decíamos al principio de este segundo apartado, todo ello aparece estructurando las posibilidades del pensamiento del hombre, del Machado que desde su pensamiento vivo: “Quien prefiere lo vivo a lo pintado / es el hombre que piensa, canta o sueña”, su inocencia y su: “Olivo hospitalario / que das tu sombra a un hombre pensativo”; nos recuerda ahora a ese gran poeta de la contemplación viva, de la inocencia y de la hospitalidad, como es Claudio Rodríguez quien escribe: “Se fue. // Cuando todo se vaya, cuando yo me haya ido / quedará esta mirada / que pidió, y dio, sin tiempo.”
Vuelve, como vemos, desde el pensamiento vivo, desde el asombro y “la nada”, la imagen de donde surgirá la poesía, esto es, la “nada” machadiana de la que José Echevarría dice que: “se condiciona recíprocamente –para Machado- con nuestra libertad y es, por ende, también fuente de su inevitable acompañante: la angustia”[11]. Respecto de esto, conviene no olvidar las palabras de Juan de Mairena: “Tan gran hazaña como la de sacar al mundo de la nada es la que mi maestro atribuía a la divinidad: la de sacar la nada del mundo […] Dios sacó de la Nada al mundo, para que nosotros pudiéramos sacar al mundo de la nada.”
No me voy a extender aquí en más reflexiones sobre el pensamiento religioso de nuestro pensador que, si bien tiene tanta importancia dentro de su pensamiento sobre todo por las conexiones/desconexiones con la influencia unamuniana, creo que por ahora es menos importante para el tipo de pensador que queremos analizar en este artículo de forma más específica y lineal. Solamente voy a detenerme un momento para reflejar las palabras de Juan de Mairena quien refiriéndose a su maestro Abel Martín comenta: “Allí venía a decir, en sustancia que Dios no podía ser el creador del mundo, puesto que el mundo es un aspecto de la misma divinidad; que la verdadera creación divina fue la Nada”, palabras coincidentes con los versos machadianos: “el Dios que todos hacemos / el Dios que todos buscamos / y que nunca encontraremos”.
Quiero terminar este apartado recordando que Antonio Machado es de los pensadores que, ante las cosas del mundo y la reflexión sobre ellas y el hombre, siente la carencia de Dios desde esa falta como concepto, y desde el estado de carencia como génesis de su pensamiento y su poesía, como ya hemos indicado; de ahí que Sánchez Barbudo, –no olvidemos, por otra parte, la influencia que desde diferentes perspectivas críticas tuvo la recepción del libro Del sentimiento trágico de la vida unamuniano para Ortega y Antonio Machado-, y hablando sobre esto refleje la duda consistente de Unamuno y comente sobre el estilo machadiano que: “hay también quien deseando muy sinceramente a Dios, definitivamente no cree en Él. Tal era el caso de Machado que […] creía sobre todo en la nada. Del sentimiento de la nada brotaban para él metafísica y poesía. Era pues, Machado de los fideistas que, más propiamente, o con más claridad al menos, podríamos llamar ateos, aunque ciertamente ateos insatisfechos: hombres que sienten la falta de Dios.”[12]

3. Reflexiones sobre la idea de “la Noria” y la metáfora del Tiempo en Antonio Machado.
Si en el apartado anterior hemos tratado de aclararnos sobre el pensamiento de Machado, su proceso y su caminar, y para ello hemos ido de la mano del propio autor, de sus apócrifos o de algunos de sus críticos, vamos a detenernos, aquí únicamente, y de paso, en dos aspectos que de este proceso nos han llamado más la atención y que están bastante relacionados; uno es la imagen circular y “en rueda” de su pensamiento, esto es, de su matiz de Noria y el otro el Tiempo:
“Nuestra horas son minutos / cuando esperamos saber, / y siglos cuando sabemos / lo que se puede aprender.”
Así, aparece cierto carácter de identidad continua y un proceso que va “haciendo camino” de lo mismo hacia lo mismo, bien sea en cada uno de los cangilones de una noria, bien sea, como recuerda García Bacca, en el hecho de “vendarse los ojos y dar vueltas y más vueltas en círculo, que es figura, encarnación o enmaterialización de la identidad: de lo mismo a lo mismo, hacia lo mismo, sin mirar a nada más, sin querer ver, por y para estar pensando todo según identidad, sintiéndola a cada vuelta, oyéndola a cada compás del agua que suena, aceptando la dulce armonía, no de lira, sino la eterna rueda”.[13] O como dice el poeta pensador: “De la mar al percepto / del percepto al concepto / del concepto a la idea / -¡oh, la linda tarea!- / de la idea a la mar. / ¡Y otra vez a empezar!”
Desde aquí llegamos al uso de la Noria como modelo y estilo; como un modelo del Pensar que va de lo uno a lo otro, identificando la heterogeneidad del ser, de forma que lo poético y lo metafísico se funden y confunden en la solidez de un pensamiento que ha venido siendo criticado o analizado como asistemático, pero que yo llamaría sistemáticamente circular en su diversidad con el fin de añadir un matiz diferenciador…:
 “¿Mi corazón se ha dormido?/ Colmenares de mis sueños / ¿ya no labráis? ¿Está seca / la noria del pensamiento, / los cangilones vacíos, / girando, de sombra llenos?”
Pues bien, es esta Noria del Pensar la que hace a nuestro autor cegarse a lo externo temporal, y pensar el ser fuera del tiempo, es él mismo quien escribe hablando de la lírica en Los complementarios que: “Es precisamente el flujo del tiempo uno de los motivos líricos que la poesía trata de salvar del tiempo, que la poesía pretende intemporalizar”:
“Este amor que quiere ser / acaso pronto será; / pero ¿cuándo ha de volver / lo que acaba de pasar? // Hoy dista mucho de ayer, / ¡Ayer es Nunca jamás.”
Estamos, pues, ante un pensador y poeta cuya pretensión es transmutar el tiempo en temporalidad, en transformar el tiempo cualitativo en cuantitativo, o como  bien indica Juan López Morillas: “Después de intuir el poema en el flujo de lo real, el poeta, lo mismo que el artista plástico, procurará extratemporalizarlo, es decir darle permanencia, arrebatándolo con este fin de las mutaciones fugaces y radicales que produce el tiempo. Su propósito será -como se dice en Abel Martín- que su obra trascienda de los motivos psíquicos en que es producida.”[14]:
“Este hombre no es de ayer ni es de mañana / sino de nunca;  […]”
Antes hemos hablado ya de la relación, aunque no sea directa, del pensamiento vivo de Machado con la contemplación viva en Claudio Rodríguez y, es bueno decir, que desde esta imagen cíclica de la Noria, donde se produce la comunicación viva tanto en un poeta como en el otro, nos llama la atención de que con Machado sucede, como ya dijéramos hablando de Claudio: “Esta creación supone un acto de entrega, un perderse en las cosas, una forma de comunión con el mundo, en el instante poético, que implica la anulación de la dimensión lineal y sucesiva del tiempo.” Estamos pues, al lado de esa búsqueda de la intemporalidad en otros autores como el propio Claudio Rodríguez cuando escribe: “Arcaduz de los meses, vieja y nueva / ignorancia de la metamorfosis / que va de junio a junio…”, o como Octavio Paz que en su libro Piedra de sol presenta un extenso poema también de estructura circular y cuyo título “alude claramente al nombre del calendario azteca, la Piedra del sol, calendario que no tiene principio ni fin, sino que refleja la fluidez de la vida y el girar de la rueda de los días, del mismo modo que sucede en Don de la ebriedad (primer libro de poemas del autor zamorano) donde se habla del arcaduz de los meses”[15]; de igual modo a como en la obra de Machado podemos hablar de la Noria del Pensar. Así escribe Octavio Paz: “un sauce de cristal, un chopo de agua / un alto surtidor que el viento arquea, / un árbol bien plantado mas danzante, / un caminar de río que se curva, / avanza, retrocede, da un rodeo / y llega siempre…”
Parece claro pues, que estamos y volvemos a sentencias machadianas como aquellas de “El tiempo, realidad última… inevitable”, o “lo inevitable es ir de lo uno a lo otro, en esto como en todo”, intentando, como dice Mairena, ser “un pescador de peces vivos, es decir, de peces que puedan vivir fuera del agua.”
En síntesis, podemos decir que el pensamiento en su proceso y, a la vez, la poesía, deben vivir como tiempo finito y medido, con independencia de su principio generador que es también noria y tiempo, pero infinito e inmensurable. Tal y como refieren los versos del poema machadiano titulado “La noria”:
“La tarde caía / triste y polvorienta. / El agua cantaba / su copla plebeya / en los cangilones / de la noria lenta/ […] // Yo no sé qué noble, / divino poeta, / unió a la amargura / de la eterna rueda / la dulce armonía / del agua que suena.”

4. El pensador desde su mundo apócrifo: Juan de Mairena.

Si a comienzo de estas reflexiones partíamos del mundo de los heterónimos y los apócrifos en diferentes autores para centrar el pensamiento de Machado desde la riqueza de lo diverso, que viene a establecerse en la adopción de personajes que no solo sirvan para ocultar a un autor, sino para complementarlo desde diferentes perspectivas a través de la vuelta continua al punto de la identidad; una vez llegados aquí podemos decir ya con Juan de Mairena que: “Vivimos en un mundo esencialmente apócrifo, en un cosmos o poema de nuestro pensar, ordenado o construido todo él sobre supuestos indemostrables, postulados de nuestra razón, que llamamos principios de la lógica, los cuales reducidos al principio de identidad que los resume, y resume a todos, constituyen un solo y magnífico supuesto.”
Citábamos más atrás la imagen de un pensamiento caleidoscópicamente ordenado, desde ahí aceptamos, después de estas palabras de Mairena, la revelación de que el mundo en que vivimos es para Antonio Machado un mundo apócrifo, esto es, inventado, o lo que es lo mismo, la verdad dando la mano a la imaginación, para nosotros, más que a la fantasía: “Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa.”
Por ello, podemos decir con José Luis Abellán que: “La imaginación o fantasía –el autor iguala los conceptos- es la facultad fundamental del hombre, y por falta de ella se puede llegar a mentir, puesto que el hombre es el propio hacedor de su verdad. La verdad se inventa y por eso todo el mundo es apócrifo; […] Machado se inventa su mundo, que es un mundo de profesores-poetas, poetas-filósofos y profesores-filósofos”.[16] Por ello, y como se indicaba en la Introducción, lo apócrifo ejerce en Machado una función heurística y hermenéutica de comprensión de sí mismo. Se trata pues de buscarse apócrifamente en la máquina de trovar de Jorge Meneses, en la cosmogonía de Abel Martín, o en las sentencias y el desparpajo de Juan de Mairena, y, así como recuerda Raimundo Lida: “escribir, no para despejar incógnitas en el papel, sino para expresar fielmente, dividiéndose en personajes contradictorios, la incógnita de su misma complejidad, el conflicto que le acosa y el diálogo sin fin de su propia conciencia.”[17]
Una vez llegados a este punto, quiero detenerme de paso en la figura del apócrifo Juan de Mairena, porque además de verla como referencia pedagógica continua, es una de las claves posibles para luchar contra la sequedad intelectual que se viene produciendo, debido entre otras causas, al maltrato que recibe todo lo relacionado con el pensamiento y la filosofía en los programas educativos, así como la malquerencia y la superficialidad a los que se ven sometidos ambos, derivadas de falsas tertulias y debates en los medios de comunicación de masas. Mairena es un personaje y una actitud de pensamiento colectivo tipo Escuela Popular de Sabiduría Superior de Max Scheller, que puede ayudar a frenar el empuje pseudo-filosófico de ciertas éticas paterno-filiales, “mundos de Sofía”… y otras derivas del pensamiento debilitado por los fluidos cogitativos, que acaban convirtiéndose en manuales de didácticas simplonas y reductoras, sospechosas y sustituidoras de obras y maneras de pensamiento contrastadas y validadas, ya sean de corte clásico, ya más actuales como aquel proyecto de Investigación Filosófica de Mattew Lipman, hoy casi desaparecido.
       No en vano, es el propio Antonio Machado quien sobre su Juan de Mairena explica: “es un filósofo cortés, un poco poeta y un poco escéptico, que tiene para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia. Le gusta combatir el esnobismo de las modas en todos los terrenos. Mira las cosas con su criterio de librepensador, en la más alta acepción de la palabra, un poco influido por su época,…”
       Para terminar, y después de todo lo expuesto, debo y quiero hacer dos consideraciones, la primera. desde el respeto y el agradecimiento a sus reflexiones, se basa en el hecho de no compartir las palabras del poeta y crítico José María Valverde, quien acusa de alguna manera a Machado de pensamiento blando, cuando expone que: “la creación de los apócrifos había sido un recurso de Antonio Machado para manejar unos sistemas de conceptos que, personalmente, él no podía presentar con convicción, pero que le parecía que debían de ser expuestos de un modo o de otro, como alusión oblicua e irónica hacia el fondo de su pensar.”[18]; y eso no puede ser así, porque la idea de la no convicción o blandenguería de Machado con ese sistema de conceptos parece restringir la idea de lo apócrifo al hecho, únicamente, de ocultación de algo; idea que, por otra parte, no conecta (al igual que José Saramago respecto al Ricardo Reis de Pessoa) con lo que aquí se defiende que es el interés de don Antonio por la heterogeneidad del ser y por la estrategia de diversificar el pensamiento para ampliarlo como camino que se hace al andar, siempre con la convicción de ir abriendo la puerta al Campo, esto es, siendo Pensador.
     Por otra parte, y un poco sonrojado por los argumentos y la inquina hacia el mundo de la poesía que transmiten, quiero traer a colación para intentar corregirlas unas reflexiones del filosofante y sesudo profesor Fernando Rodríguez Genovés, quien en cierto artículo y a través de la ramplona ironía que utiliza ya desde su título, Cara y cruz del ensayo español: las trazas de Ortega y el Mairena, despotrica contra Antonio Machado y su apócrifos confrontándolo con Ortega y denostándolo cuando escribe: “El hecho de requerir a su convocatoria conjunta responde a un motivo de justo reconocimiento, pero también a la oportunidad de oponer dos maneras radicalmente contrarias de darle sentido y contenido al ensayo filosófico: por un lado, el texto excepcional, en la acepción más exacta del término, de un poeta, Antonio Machado, metido circunstancialmente en faenas de filósofo, quien no solo pone en prosa muchas y variadas reflexiones y pensares, sino que además diserta relajadamente sobre el ideario filosófico, definiendo de paso una dirección y modo de concebir las afinidades entre literatura –más en concreto, la poesía- y la filosofía; y por el otro lado, la obra completa de un filósofo, José Ortega y Gasset, quien persevera de principio a fin, en una línea de fidelidad al discurso filosófico claro y distinto y al ensayo, expurgados ambos previamente –y necesariamente- del escolasticismo, erudición, retórica y usos poéticos, todo ello expresado con generosas muestras de rigor, elocuencia, humor y elegancia.”[19]
     No es este el lugar ni el momento para aclarar esta invectiva anti Mairena y contra Machado, pero sí conviene traer otras perlas de este triste artículo contra los apócrifos y los heterónimos cuando más adelante escribe: “Por lo pronto, llama la atención el hecho de que quien ejerce de ensayista se oculte tras un personaje para escribir el ensayo, sea tras la máscara de un profesor apócrifo, sea tras pseudónimos,  Abel Martín o Juan de Mairena- también sería raro el recurso de componer un ensayo como un manuscrito anónimo encontrado en una botella o en Zaragoza, en un baúl”. Y un poco más adelante, este sabio articulero se olvida del Rubín de Cendoya orteguiano y otras firmas heterónimas o apócrifas del filósofo madrileño de quien dice que siempre enseña las cartas y no se esconde, para lo que cita del propio Ortega: “yo estoy presente en cada uno de mis párrafos, en el timbre de mi voz, gesticulando, y que, si se pone el dedo  sobre cualquiera de mis páginas, se siente el latido de mi corazón.”[20]. Para más inri, el susodicho Rodríguez Genovés, salva de paso la costumbre apócrifa de Soren Kierkegaard: “quien tanto gustaba –dice el ínclito pensante- de recrearse, de reencarnarse en figuras ficticias, en personajes, en pseudónimos.”, y se la niega a don Antonio, quien –según el sesudo analista- pretende engañar al lector.
      Pero para no dejar desasistidos mis argumentos, ahora sí, contra el susodicho Rodríguez Genovés, a quien espero no le suceda aquello que escribiera Machado: “Filósofos nutridos de sopa de convento / contemplan impasibles el amplio firmamento/ […] // no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa? / Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa”;  quiero recordar las palabras del propio Ortega y Gasset sobre el estilo del pensador, de cualquier pensador, cuando dice aquello de que “el estilo parte de un supuesto, estilo es supuesto[21], o lo que es lo mismo, parte de un pasar a suponer, y según el diccionario de la RAE, suponer en su segunda acepción es “Fingir, dar existencia real a lo que realmente no la tiene”, a saber, – y disculpas por el neologismo- apocrifar o fingir el pensamiento. Desde ahí Ortega remata el argumento con lo siguiente: “Cada genial pensador tuvo que improvisar su género. De aquí la extravagante fauna literaria que la historia de la filosofía nos presenta. Parménides con un poema, mientras que Heráclito fulmina aforismos. Sócrates charla. Platón nos inunda con la gran vena fluvial de sus diálogos […]”[22].
      Por todo ello, Kierkegaard, el propio Ortega en ocasiones, y el Pensador, don Antonio Machado, diríamos nosotros, define su género, entre otras cosas, desde sus apócrifos esenciales.
     Y si como se ha dicho en más de una ocasión y con buen criterio, que la cultura occidental es como “una gran cadena en la que unos eslabones se van anudando y remitiendo a otros, para proyectarse a su vez hacia adelante en un doble juego de tradición y originalidad que,  tanto en el campo humanístico propiamente dicho como en el científico, tenía y sigue teniendo sus raíces en los clásicos grecolatinos.”[23], bueno es que siguiendo este modelo similar en cierto sentido de universalidad al concepto de la Weltliteratur de Goethe, recordemos ahora y para terminar las palabras del Prefacio a la Historia Natural de Plinio el Viejo cuando dice aquello de: “Es ardua empresa dar novedad a lo viejo, autoridad a lo nuevo, brillo a lo anticuado, luz a lo oscuro, gracia a lo tedioso, credibilidad a lo dudoso: en una palabra, a todas las cosas su naturaleza y a la naturaleza todo lo que le pertenece. Por eso nosotros, aunque no lo hayamos conseguido, es harto hermoso y magnífico habérnoslo propuesto”[24]; y eso y no otra cosa, intentar defender lo Pensador esencial de don Antonio Machado, es lo que aquí me he propuesto y he pretendido hacer con este análisis. Y que la Filosofía y, por supuesto, la Poesía, otorguen a cada cual el lugar que le corresponde.

                                                                                  LUIS RAMOS DE LA TORRE


[1]PESSOA, Fernando. El poeta es un fingidor (Antología poética), Edición y Traducción de Ángel Crespo, Madrid: Editorial Espasa Calpe, 1982.
[2] ANDREU, Agustín, Cervantes y Ortega: “El secreto de España”, Revista de Estudios Orteguianos, nº 10/11, Madrid: Fundación José Ortega y Gasset, 2.005, p. 159.
[3] Sobre este tema del diálogo, también Ortega incidirá en su importancia añadiendo que: “El pensamiento no es como la literatura monólogo, sino esencialmente diálogo” Oc83, III, 256; o también: “El decir, el logos es, en su estricta realidad, humanísima conversación, diálogos –argumentum hominis ad hominen- […] el diálogo es el logos desde el punto de vista del otro, del prójimo” Oc83, IX, 17.
[4] RODRÍGUEZ, Claudio, Desde mis poemas, Madrid: Ediciones Cátedra, 1973
[5] SÁNCHEZ BARBUDO, Antonio, “Ideas filosóficas de Antonio Machado”, en Antonio Machado, Edición de Ricardo Gullón, Madrid: Editorial Taurus, 1979, p. 223.
[6] SÁNCHEZ BARBUDO, Antonio, op. cit, p. 218.
[7] ZAMBRANO, María, “Un pensador (Apuntes)” en Cuadernos para el diálogo, extra XLIX, noviembre 1975, pp. 398-404. La cursiva es mía.
[8] GARCÍA BACCA, J.D. “Antonio Machado, ¿poeta o filósofo?”, en Cuadernos para el diálogo, Extra XLIX- nov 1975, p. 357.
[9] Es interesante constatar como también para Claudio Rodríguez el poema es un “organismo vivo”, del mismo modo que para Baltasar Gracián, “el alma del estilo que son los conceptos hace que estos se personifiquen como si se tratase de seres mutables y necesitaos de perfección”. Aparece esto último en EGIDO, Aurora, Bodas de Arte e Ingenio (Estudios sobre Baltasar Gracián), Barcelona: Acantilado, 2014, pp.42-43.
[10] ZAMBRANO, María, “Un pensador (Apuntes)”, ob. cit, p. 400.
[11] ECHEVERRÍA, José, “El cantar y el decir filosófico de Antonio Machado”, en Revista Anthropos, nº 50, Barcelona: 1985, p.106.
[12] SÁNCHEZ BARBUDO, Antonio, op. cit, p. 191.
[13] GARCÍA BACCA, J.D. “Antonio Machado, ¿poeta o filósofo?”, op, cit, p. 357.
[14] LÓPEZ-MORILLAS, Juan, “Antonio Machado y la interpretación temporal de la poesía”, en Antonio Machado, op. cit. p.258.
[15] GARCÍA JAMBRINA, Luis y RAMOS DE LA TORRE Luis, Guía de Lectura de Claudio Rodríguez, Ediciones de la Torre, Madrid, 1988, pp.24-27.
[16] ABELLÁN, José Luis, “La filosofía de Antonio Machado y su teoría de lo apócrifo” El Basilisco, nº7, 1979, p.81.
[17] LIDA, Raimundo, “Elogio de Mairena”, en Antonio Machado, op. cit, p.366.
[18] MACHADO, Antonio, Juan de Mairena, Edición de José María Valverde, Madrid: Editorial Castalia, 1989, p.27.
[19] RODRÍGUEZ GENOVÉS, Fernando, Cara y cruz del ensayo español: las trazas de Ortega y el Mairena, Madrid: Revista de Estudios Orteguianos, nº5, 2.000, p.150.
[20] RODRÍGUEZ GENOVÉS, Fernando, op. cit. p.152.
[21] ORTEGA y GASSET, José, Oc, 83, IV, 390.
[22] ORTEGA y GASSET, José, Oc, 83, IX, 639.
[23] EGIDO, Aurora, Bodas de Arte e Ingenio (Estudios sobre Baltasar Gracián), Barcelona: Acantilado, 2014, p.58
[24] PLINIO el VIEJO, Historia Natural, Libros I-II (1995), ed. De Antonio Fontán y otros, Madrid: Gredos, 2.003, p.216.